"En un mundo lleno de odio debemos atrevernos a la esperanza. En un mundo lleno de ira debemos atrevernos a confortar. En un mundo lleno de desesperación aún tenemos que atrevernos a Soñar. Y en un mundo lleno de desconfianza debemos atrevernos a creer..."

miércoles, 8 de agosto de 2012

De las consecuencias de pensar demasiado y otras paraonias que inundan tu mente mientras duermes esperando un milagro


A veces pensaba si los engranajes de su mente funcionaban como debían funcionar, si no habría algo dentro de ella que estuviera mal, que le hiciera ser tal y como era, un fatal borrón en la línea de una perfección estipulada. A veces pensaba que era un error. Que no debía existir. Pensaba y pensaba y sentía que podía realmente explotar de tantas cosas que tenía dentro de su cabeza. La mente, dicen, no tiene límite. Pero ella sentía todos y cada uno de esos pensamientos desgarradores golpear en esos límites, más allá de lo que no se podía ver.

A veces pensaba que no debía pensar, si no dejarse llevar. Quería salir de su burbuja y sentir le brisa de la vida en su espíritu, y acariciar una risa entre los dedos. Quería tener sobre su cuerpo otras manos que no fueran las suyas propias. Quería perecer en otro cuerpo y darlo todo al mejor postor. Quería beber y fumar hasta borrar su realidad tintada en tinieblas. Quería volverse loca y besar a un desconocido hasta arder en pasión y olvidar las horas. Deseaba perderse en la inmensidad de unos ojos, esos ojos, tan claros en sus ensoñaciones. Tan cercanos en sus quimeras. Quería decirle “te quiero” tantas veces como fueran posibles, hasta que hubiera que inventar nuevas palabras para describir el sentimiento, porque esas ya habían perdido su sentido. Y quería una vida junto a él. Y volverse eterna observando la nada.

A veces pensaba que tropezaba demasiado. Que elegía mal todo cuanto le importaba. Que todo era arena entre sus manos y piedras dañando en el camino. Y tenía la certeza que se ningún camino le llevaría allá donde necesitaba. Porque los que andan perdidos mueren perdidos y ni el tiempo ni el infinito resuelven ese acertijo imposible. Ni el tiempo que aprende de heridas, ni el infinito que las crea, impasible.

A veces pensaba y se cansaba. Simplemente lloraba. O deseaba sentarse en el alféizar de esa ventana y dejar que el viento se llevara toda vida. Dormía entre sueños en los que caía sin remedio, sintiendo que el mundo, su mundo sin sentido, se desmoronaba a su alrededor. Sintiéndose sola en medio de todo. Sintiendo el vacío anclado a su pecho tembloroso.

Y pensaba todo eso y más. Pensaba cada palabra. Pensaba cada mirada. Pensaba incluso el aire que respiraba. Se calcinaba pensando en imposibles improbables. Y en improbables que fueron posibles. Cuentos jamás contados, historias que se repetían, taladrando su mente sin piedad, matando su espíritu enamorado. O encaprichado.

Y no pensaba nada a la vez. Dejaba que todo fluyera. Que el daño se colara en sus huesos, que el recuerdo la matara y reviviera mil veces. Y los olores que jamás llegaron más allá de su imaginación, gritaban en silencio y la empujaban al precipicio, donde las estrellas le esperaban, susurrando su nombre entre alaridos de fulgor terrible.

Cuando dejaba de pensar sentía, y cuando sentía, sucumbía a su sino.

Infinitas veces y ninguna. Sufriendo por el futuro. Callando por el pasado.

Cristina Carrión Rodríguez
08/08/2012

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