"En un mundo lleno de odio debemos atrevernos a la esperanza. En un mundo lleno de ira debemos atrevernos a confortar. En un mundo lleno de desesperación aún tenemos que atrevernos a Soñar. Y en un mundo lleno de desconfianza debemos atrevernos a creer..."

lunes, 10 de octubre de 2011

Reo

La poca luz que había era la que se colaba por los estrechos agujeros de la puerta que le separaba de su libertad. Los pequeños jirones de luz bañaban el suelo y le recordaban, una y otra vez que existía un mundo más allá, vetado para él y para los de su condición. Un mundo que jamás podría apreciar, donde el aire era puro y los sueños resplandecían entre retazos de dulce realidad.

Y allí, tirado en el destrozado camastro, observaba cómo la luz blanquecina de su libertad imposible se extendía sin llegar a tocarle, dejándole sumido en la más absoluta oscuridad de sus pensamientos. Una oscuridad que envenenaba su mente y le corroía la voluntad, haciéndole delirar en miles de ocasiones en las que perdía la cabeza y suplicaba a los demonios un poco de cordura.

Deseaba con todo su ser liberarse de los yugos que le ataban a este mundo, deseaba volar más allá del firmamento, quería caminar entre las estrellas y mirar con desdén a aquellos que lo encarcelaron en vida.
Anhelaba la visita de la Parca y le rogaba día y noche que sesgara su alma y se la llevara lejos que aquella inmunda existencia.

Y todas las noches creía verla entre las sombras de la celda, escondida en una esquina, clavando su mirada cruel e implacable en su ánima, aguardando el momento preciso para cobrarse su paga. Él escudriñaba cada palmo de sombras, con el deseo explícito en sus ojos enloquecidos, con la esperanza de un mundo etéreo más allá de las nubes que, seguramente adornaban salpicadas el firmamento estrellado.

Estrellado como la guadaña de la Señora de la Muerte. Oscuro como el infinito universo que se extendía en la fría y vacía mirada de la Dama Helada.

- Llévame ya contigo – suplicó en un lamento ahogado en llantos.

Una risa macabra restalló en la estancia lúgubre de la celda. El sonido del acero mortal resquebrajó el silencio una milésima de segundo antes de que cayera el cuerpo sin vida de aquel reo.

- Te llevaré conmigo al Infierno – sentenció el susurro del viento de la noche.


Cristina Carrión Rodríguez
10/10/2011

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