"En un mundo lleno de odio debemos atrevernos a la esperanza. En un mundo lleno de ira debemos atrevernos a confortar. En un mundo lleno de desesperación aún tenemos que atrevernos a Soñar. Y en un mundo lleno de desconfianza debemos atrevernos a creer..."

lunes, 15 de agosto de 2011

Pensamientos Prisioneros


Se miró en el espejo. Su semblante lucía pálido, demasiado pálido. Hacía tiempo que su piel no sentía la luz del sol y realmente se veía como alguien que hubiera contraído alguna rara enfermedad incurable. Sus ojos eran dos pozos negros que se reflejaban en la superficie del espejo sin siquiera enseñar ninguna emoción. Todas ellas parecían estar sepultadas bajo siglos y siglos de estoico reclutamiento, dormidas en algún espacio que hacía tiempo que no visitaba.

Sus manos se movían nerviosas a ambos lados de su cuerpo, como si quisiera agarrar frenéticamente algo que no se podía ver, pero que estaba ahí, entre sus finos y largos dedos, y se escapaba de su contacto antes de que pudiera asirlo.

Respiraba con dificultad, sintiendo un agujero oscuro y doloroso quemar justo en el centro de su pecho, impidiéndole gritar todo lo que deseaba. Un agujero que engullía todo sentimiento y dejaba un desesperado vacío donde antes había sonrisas despreocupadas.

Algo se movía allí, tras su reflejo. Algo que no estaba junto a él en realidad. Algo que sonreía entre las sombras de aquel espejo y le respiraba en la nuca, esperando una reacción por su parte.

Era una sensación de carne y hueso. Era un miedo que le arañaba la espalda. Era un susurro que destrozaba sus oídos. Era un pensamiento que le abrazaba y le ahogaba, no permitiéndole respirar, ni vivir. Era su penitencia.

Le miraba con ojos lascivos y acariciaba su enjuto rostro en el cristal. Sonreía musitando palabras crueles a su oído. Miraba a través de sus orbes, negros y apagados, atacando allí donde el recuerdo había causado estragos previamente.

Tomaba su corazón entre sus manos de sombras y reía jugando con él a destrozarlo, a la espera de una mirada.

- Déjame salir – pedía enseñando sus afilados dientes y clavando sus uñas en su conciencia – no me quieres aquí, detrás de ti – y su voz gélida resonaba entre las profundidades, retumbando sordamente en sus oídos.

Escalofríos recorrían su cuerpo abandonado. El frío le hacía temblar entonces, y se apoyaba en la superficie del espejo, maldiciendo sus recuerdos malditos. Su aliento cansado empañaba el cristal y el ente reía ferozmente, dibujando palabras donde no había nada.

“Déjame vivir” escribía con letra minúscula mientras de su garganta salían risas atropelladas.

- ¡Déjame vivir! – gritaba contra el cristal, golpeando sin golpear, haciendo daño sin moverse.

- ¡No! – chilló él cerrando fuertemente los ojos - ¡Desaparece! – suplicó arañando el cristal y bajando la mirada hacia el suelo. Un lamento desesperado empezaba a hacerse eco desde lo más profundo de su garganta.

Cayó de rodillas ante la mirada aviesa de la despiadada sombra que se cernía sobre él, tras su reflejo. Sonreía, sabiendo que había ganado la guerra.

El joven estalló en un llanto amargo entonces, sintiéndose engullido de nuevo por la oscuridad de sus pensamientos, de sus errores, de esos fatídicos recuerdos lacerando cada cordura expuesta ante ese espejo. Suspiró entrecortadamente sabiendo que aquella figura de mirada impía le seguiría a donde fuera, agarrada a su mortificada alma, reviviendo todos los recuerdos que una vez se había propuesto olvidar. Pues ella era una parte de su ser, una parte de la que jamás podría deshacerse.

Mientras las lágrimas caían desde sus pestañas, precipitándose al vacío, una sonrisa de muerte se dibujaba en el rostro de humo tras su reflejo.

- Jamás desapareceré – murmuró la sombra fríamente acariciando su cabello como si de un animal abandonado se tratara – Tú eres mi prisión.

Cristina Carrión Rodríguez
15/08/2011 


Son esos pensamientos los que te corroen por dentro, los que te torturan sin piedad. Son ellos los que hacen que grites en silencio pidiendo clemencia. Son ellos los que aparecen de la nada cuando todo parece ir bien. Son esos pensamientos prisioneros que atamos a nuestra existencia por miedo, por el pánico que nos da el recordarlos, porque desearíamos que no fueran reales. Luego nos miran desde nosotros mismos y clavan sus palabras allí donde más duele. Aún así, queremos tenerlos bien cerca, para que no se escapen.

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