"En un mundo lleno de odio debemos atrevernos a la esperanza. En un mundo lleno de ira debemos atrevernos a confortar. En un mundo lleno de desesperación aún tenemos que atrevernos a Soñar. Y en un mundo lleno de desconfianza debemos atrevernos a creer..."

lunes, 27 de junio de 2011

De estrellas y utopías

Érase una vez un niño de mirada perdida y marrón. El vacío acariciaba con envidia sus hermosos rizos negros. El tiempo se regodeaba entre sus manos cuando él lo acariciaba con inmensa suavidad.

De sus labios pendían mil sueños e ilusiones que el silencio recogía casi con devoción, sonriendo y brillando a su alrededor.
Aquel niño danzaba entre poesías con los brazos extendidos hacia el cielo, queriendo acariciar los castillos que allí había construido. Tocaba el arcoiris con sus dedos, moldeándolo a su antojo y esculpía con su voz las más bellas obras de arte.
Aquel niño sanaba con su mirada a todo aquel que quisiera ver su alma a través de ella. Con sus palabras lograba crear mundos utópicos que el ser humano sólo podía soñar imaginar.

Sus gritos provocaban  las tormentas más destructivas y sus susurros estaban llenos de serenidad, una serenidad capaz de calmar al más guerrero.
Sus brazos siempre estaban dispuestos a sostener a cualquier caído. Y su sonrisa siempre destilaba amor incondicional.

El pequeño tenía ángel. Cautivaba a sus semejantes con los sueños que poseía. Bailaba sobre la Luna y caminaba junto a las estrellas que tanto adoraba. Podía sentir como el abrazo del mundo entero le elevaba hasta alcanzar aquellos castillos que había imaginado en el aire.

Y su risa se escuchaba hasta en el lugar más recóndito del universo, bañándolo todo como el sonido de miles de campanillas repiqueteando más allá de la eternidad.

Pero el niño, que se confió demasiado, acabó atrapado y no era feliz, aunque sonriera. El niño terminó encerrado en una jaula de oro que los mayores habían diseñado para él, pues los mayores no querían que volara tan alto porque ellos no eran capaces de alcanzar esos sueños, ya olvidados en los baúles del pasado. Los mayores no comprendían la danza que el niño dedicaba a sus estrellas. Ellos no entendían aquella mirada blanca y limpia que soñaba con horizontes diferentes a los que los adultos dibujaban para él. Jamás sabrían por qué aquel niño lloraba en su hermosa jaula de oro, con lo bonita que era.

El niño lloraba en aquel espacio pequeño y grande a la vez pues veía como sus sueños salían a volar junto a las nubes mientras él se quedaba atado por las sogas que los adultos le imponían. Sostenía con fuerza un viejo peluche que alguien le había regalado, alguien que vio en sus ojos la profunda tristeza de la soledad y sintió lástima al verle tan solo y tan acompañado.

Miraba hacia la ventana de la habitación con sus ojitos llorosos mientras tarareaba alguna canción. Su mirada vagaba perdida en algún lugar del firmamento que se apreciaba a través del cristal. Las estrellas centelleaban allá arriba observándole. ¡Cuánto hubieran querido ahogar las lágrimas de tan inocente criatura! ¡Y cuánto hubiera deseado él volar junto a ellas por el espacio infinito! Pero lo único que podían hacer los lejanos astros era mandarles guiños llenos de amor que él guardaba en su mirada marrón.
- ¡Tienes que crecer! – le chillaban furiosos mientras zarandeaban con violencia la jaula en la que vivía, una y otra vez - ¡No puedes vivir de ilusiones! ¡No puedes cambiar el mundo!

Y él lloriqueaba en silencio sin dejar de mirar al cielo, sin dejar de esperar algo. Estaba solo, abandonado por el mundo que una vez le ayudó a tocar el paraíso, pero en el fondo de su corazón sabía que todavía era amado y sería rescatado de la jaula de oro que le mantenía preso. Sabía que irían a buscarle y volvería a ser el niño eterno que danzaba sobre la Luna.

A veces notaba como la gente se acercaba a su jaula y lo observaba con admiración infinita. Lo llamaban excitados, hacían gestos para que reaccionara y él, entre lágrimas invisibles para sus visitantes, saludaba sonriente, fingiendo felicidad. Pero el no lo entendía, tan sólo era un niño al que le habían arrebatado su lugar en el mundo. Un niño que se había dado cuenta demasiado tarde de su condición.

Otras veces se levantaba decidido y salía de su celda en busca de algo que pusiera algún sentido a su extraña vida. Caminaba por los pasos ya andados, observaba los crepúsculos pasados, revolvía recuerdos y sensaciones, conversaba con los viejos fantasmas del pasado, buscaba aliento en otras almas solitarias, pero su búsqueda era en vano.

Y volvía cabizbajo a su prisión, donde se encerraba y esperaba algo eterno que nunca llegaba.
Hasta que un día, estando tumbado en el suelo de su mazmorra de oro, vio algo que le llamó la atención. En aquel trozo de cielo que se veía a través de la ventana había una estrella que brillaba más que ninguna otra. Parpadeaba de forma intermitente, como si estuviera intentando comunicarse con él. Y él se levantó, mirando a aquella estrella tan brillante. Sonrió como nunca antes había sonreído. Abrió la puerta de su jaula y se acercó hacia la ventana lentamente, mientras la estrella parpadeaba con tanta insistencia que las estrellas de alrededor empezaban a imitarla.

El niño abrió la ventana de par en par y dejó que la brisa le acariciara sus rizos de terciopelo. El silencio se entrelazó con su sonrisa. Respiró paz. La envidia murió en sus suspiros.

Entonces comprendió que su lugar estaba al lado de aquella estrella, la más brillante del firmamento. Entendió que desde allí podía hacer sus sueños realidad. Allí arriba tenía la posibilidad de bailar entre nubes y la Luna le acompañaría en sus más largos viajes. Supo entonces que en ese lugar que el astro le estaba cediendo podía brillar todo cuanto quisiera. Desde allí podría hacer que el mundo girara a su gusto y antojo, podría iluminar las sonrisas de miles de personas cada vez que éstas miraran al cielo y vieran una estrella tan luminosa. Se acordarían de él por siempre y para siempre. Con amor, como él siempre había deseado.

Aquella noche dejó que la luz cegadora de la estrella le abrazara como manto cálido y reconfortante. Permitió que acariciara su alma y la arrancara suavemente de su cuerpo, llevándoselo consigo al lugar donde siempre había pertenecido.

Aquella noche en la que las luces reinaron en el firmamento, el niño de mirada perdida y marrón durmió eternamente sabiendo que nada en realidad importaba pues era amado.

Cristina Carrión Rodríguez
27/6/2011

- Escrito en su mayoría el día 25 de junio a modo de recuerdo, pues ese día, como todo el mundo sabe, se cumplía el segundo año del fallecimiento de MJ.
Hoy he terminado de retocarlo y he decidido que quería compartirlo. Necesitaba escribir ésto, sobre todo después de lo que él me inspira. Obvia decir que ha sido su musica la que ha hecho que este cuento pudiera ser realidad. Gracias, una vez más por ser mi inspiración como otras tantas veces. Se te quiere, se te echa de menos, se te recuerda.

6 comentarios:

  1. Wow. Lo primero que tengo que decir es "wow". Lo segundo, que es muy tuyo, y ya sabes lo que me gusta a mí tu estilo. Lo tercero, que me ha encantado, que me lo he tragado y lo he saboreado palabra por palabra.
    Lo último que me queda por hacer es mandarte un beso. De los grandes.

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  2. Sublime... Excelente...
    Es Él, no hay duda. ¡Cómo has sabido captar su alma! ¡Cómo has sabido plasmarlo... Con qué Amor; cúanto detalle; cuánta pasión! Nuestro niño grande...
    Estoy contigo: Yo también le Quiero, le echo de menos y le Recuerdo.
    ¡MJ sigue viviendo, allá donde estés, tus más bellos sueños!

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  3. Pues es verdad, también le echo de menos.Era muy simpatico ¿Verdad?
    Bueno me ha gustado muchísimo, muy bien Cristinita.

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  4. Marina, muchas gracias por el comentario. No sabes cuánto me alegro que te haya gustado y que te lo hayas devorado con esa facilidad despeja mis dudas, pues pensaba que la narración era un poco pesada. Sabes que he puesto el alma en este escrito, ¿verdad? Bueno, como en todos, pero éste es especial.

    Rosazul, no dudaba de que sabrías a quién se lo dedico mucho antes de que vieras mi comentario. Era a él, ¿a quién si no? ¿Quién si no inspiraría estas palabras? No las he pensado yo, es como si él me las hubiera ido susurrando al oído a medida que las iba escribiendo.

    Un besito a las dos y un gran abrazo para cada una. <3<3

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  5. Wao! Me encantó lo de allá arriba, siempre sentí curiosidad en entrar a tu blog y mira qué sorpresa!

    Plasmaste la esencia de Michael perfectamente, no sabía que eras tan buena en la escritura... en ser capas de plasmar tanto sentimiento mediante este medio.
    Maravilloso, es lo único que me queda por decir!

    Un beso para ti!
    Adiós! <3

    Tati.

    PD: Quería seguirte, pero tengo un problema acá en mi PC que no me lo permite... o es algo de tu blog? Bueno, igual seguiré leyéndote, eres muy buena!

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  6. ¡Hola, Nana!
    Muchas gracias por tu comentario, no sabes la alegría que me ha dado verlo, lo digo en serio. Este cuento lo he escrito con toda mi alma puesta en él y es que ¡no merece menos! Michael siempre me ha inspirado de una forma increíble y sentía que tenía que utilizar algo de mi talento para mostrar todo el respeto y el profundo cariño que le tengo.

    Me siento honrada de que me digas que escribo bien, de verdad, me halaga que te guste mi forma de escribir.

    No sé porqué no aparece la opción de seguir en mi blog, pero he puesto un nuevo cachivache que te permite seguirme desde tu email, espero que eso sí funcione ^^

    ¡Un abrazo y bienvenida al nido! <3

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