"En un mundo lleno de odio debemos atrevernos a la esperanza. En un mundo lleno de ira debemos atrevernos a confortar. En un mundo lleno de desesperación aún tenemos que atrevernos a Soñar. Y en un mundo lleno de desconfianza debemos atrevernos a creer..."

miércoles, 9 de junio de 2010

Suavemente, tu mirar...

Suavemente, tu mirar...

Cierro los ojos y allí estás, sonriendo con esa gracia aérea que tanto te caracteriza. Eres tan claro que pareces real. Y necesito tocarte. Acerco mi mano hacia tu rostro perfecto, pero te apartas con delicadeza cuando las yemas de mis dedos van a rozarte. Y me sonríes. Pero tu sonrisa no es reconfortante. Hay algo en tu mirada que me hace temblar.

Te disculpas con un grácil gesto de tu mano y te alejas más de mi, deslizándote entre la nada y el todo, tus ojos clavados en los míos, rasguñando las entrañas de mi alma, haciéndose un sitio eterno en mi memoria…

Y camino siguiéndote como poseída de ti. Mis pies, antes torpes extremidades, ahora se mueven resueltos a tu encuentro. Mis manos extendidas delante de mi cuerpo intentan atrapar tu sombra que, juguetona, se enreda entre mis dedos y se desliza por mis brazos desnudos, tiñendo de negro mi piel. Jamás había visto una sombra tan oscura. Quizás sea por la luz que emana de tus alas, tal vez imaginarias, pero que a veces logro ver, sobre todo cuando sonríes…Y esa luz te hace tan etéreo…

Camino, camino y camino en tu busca, tu mirada me sirve de cuerda… Y tu sonrisa me extasía, aunque me provoque escalofríos.

Paras y el mundo para contigo. Me ofreces tu mano y un abismo se crea entre tú y yo. Mis pies están en tierra, sin embargo, tú te mantienes con majestuosidad en el aire, a la espera de que yo de un paso. Me lo estás diciendo, no he de tener miedo, siempre he confiado en ti… ¿Por qué no iba a hacerlo ahora, cuando te me presentabas con todo tu esplendor angelical?

Y lo hice, confié en ti y di un paso hacia el vacío que tú tan bien sabías ignorar. Rocé tu mano llena de alegría pero las alas están reservadas sólo a unos pocos… y entre esos pocos no estoy yo.

Supe que no eras para mí en el preciso instante en el que tu mano no sujetó la mía para impedir que yo cayera infinitamente.

Y me hundí en la nada sumergida en tu mirar negro azabache y pude ver por última vez tus alas blancas. Y tu sonrisa me arrancó el alma y se la llevó consigo, dejando tras de sí un cuerpo vacío…

Cristina Carrión Rodríguez
08-06-2010

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