"En un mundo lleno de odio debemos atrevernos a la esperanza. En un mundo lleno de ira debemos atrevernos a confortar. En un mundo lleno de desesperación aún tenemos que atrevernos a Soñar. Y en un mundo lleno de desconfianza debemos atrevernos a creer..."

sábado, 23 de enero de 2010

Espíritu de Noche


Aquella calle era una calle diferente. No se parecía a ninguna de sus compañeras en la ciudad. Tenía una especie de hálito de vida muy peculiar, diferente, único. No era una calle colorida, con tiendas de escaparates llenos de arco iris. No tenía farolas, ni árboles, ni flores. Los edificios carecían de puertas y ventanas. El Sol huía de ella, se refugiaba entre los cubos de basura de los callejones, asustado por las sombras intimidantes de las nubes. La Luna sin embargo, se paseaba entre los charcos que reposaban en el empedrado asfalto, jugueteaba con las siluetas de los gatos pardos y se reía del Sol asustado, cada veintiocho días exactos.

En aquella mágica calle lunar no vivía nadie, salvo un espectro atormentado, muerto hacía ya años, que deambulaba por la calle en busca de su amor platónico, la Luna. Era una figura pálida y demacrada, muy escuálida, compañero del satélite en las tediosas noches de verano.
Era llamado El Espectro de la Noche. Alto, delgado, feúcho, sonriente pero triste, diáfano y sempiterno, de mirada vacía pero profunda a la vez. Blanco como el amanecer se paseaba por la calle lunar, esperando a su amado satélite.
Zigzagueaba entre los charcos de agua fangosa que el Sol asustado no quería llevarse. Cantaba y tarareaba el nombre de su amada, susurrando a las paredes grises y hastiadas, sonriendo.
Miraba hacia el cielo estrellado, oscuro, infinito, llamando a su argéntea dama para salir a jugar entre los charcos. Pero la Luna, traviesa, no se dejaba ver. Salvo una noche cada veintiocho días, la única noche en la que la calle mágica era iluminada, y ese hálito de vida tan peculiar danzaba ante los ojos cristalinos de El Espectro de la Noche.

El asfalto, eternamente mojado, se llenaba de perlas diamantinas que danzaban cual bailarinas de ballet. Los charcos eran acariciados por la aterciopelada mano de la luz lunar. Las paredes, grises y hastiadas, recuperaban el boreal brillo que alguna vez la Luna les arrebató. Los haces blanquecinos trepaban por sus superficies como enredaderas de leche.

Y entonces El Espectro de la Noche jugaba con la Luna, rejuvenecido, feliz, risueño. Reía a carcajadas fusionándose con las enredaderas de leche, recogiendo entre sus plateadas manos las perlas diamantinas que la Luna, como muestra de su amor, esparcía cada veintiocho días por toda la mágica calle.

Y bajo la atenta mirada del envidioso Sol, escondido en el callejón, entre los cubos de basura, allí donde la luz, perezosa, no quiere llegar, los amantes cantan, bailan, ríen retozando entre los charcos, bañándose en perlas diamantinas.

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