"En un mundo lleno de odio debemos atrevernos a la esperanza. En un mundo lleno de ira debemos atrevernos a confortar. En un mundo lleno de desesperación aún tenemos que atrevernos a Soñar. Y en un mundo lleno de desconfianza debemos atrevernos a creer..."

martes, 19 de enero de 2010

Deseos

Y el hacha despiadada arremetió contra ti. No fuiste capaz de detenerla, partió en dos tu corazón e hizo brotar de tu garganta un profundo grito de dolor. Tus ojos se abrieron en desmesura, tu rostro se contorsionó en un rictus de terror. Miraste a la cara a tu asesina, muerto de miedo, pidiendo al tiempo que volviera hacia atrás.

Algo en la mirada de la figura que estaba ante ti hizo que todo tu cuerpo empezara a temblar. Su sonrisa, su macabra sonrisa, casi diabólica que se extendía por su rostro, se clavaba en tu mente, haciéndote temblar de puro miedo.
De su boca torcida se escapó una carcajada desquiciada cuando tus rodillas te fallaron y te hicieron caer al suelo mientras te agarrabas a sus vestidos, respirando entrecortadamente, con el hacha en tu pecho y tu herido borboteando sangre espesa, caliente, dolorosa... Sí, como se divertía con tu dolor.

Te aferraste a sus ropas como lo hacías a la vida, desesperado, impotente, consciente del abismo oscuro que se abría a tus pies, sabiendo que este era tu final, sintiendo a tu asesina reír.

Tu cuerpo se desplomó en el suelo bocarriba, casi con elegancia, y tu nublada mirada se perdió en el techo, abatida por la rendición. Tus manos temblorosas se elevaron en el aire en un desesperado intento de sacarte el hacha de tu cuerpo, pero se quedaron a medio camino, pues las fuerzas te habían abandonado a tu suerte. Y lágrimas escaparon de tus ojos.

Tu corazón seguía latiendo, impasible a la herida que lo partía, resistiéndose a sucumbir ante la muerte.

Pero el sonido de tus latidos llegaba hasta lo más profundo del ser de tu asesina. El tic-tac de tu reloj taladraba sus oídos y la sacaba de quicio. Odiaba el martilleo irregular de tu corazón, quería dejar de escucharlo ya...

Colocó su pie derecho encima del hacha y entonces tú dirigiste tu mirada hacia la suya. Le preguntaste en silencio porqué hacía esto. Sus ojos, inyectados en locura, chisporrotearon odio y una mueca de asco cruzó su rostro.

- Odio a los mentirosos - Escupió con veneno.

Y dejó caer su peso contra el hacha, enterrándola aún más en tu cuerpo. Un gemido de dolor abandonó tu garganta. Lo mismo hizo la luz en tus ojos. Tu corazón se calló para siempre y el silencio lo inundó todo.
Qué alivio...



Tus ronquidos me despiertan. Me tienes acurrucada con tu cuerpo y siento tu aliento en mi nuca, cálido y oloroso.

No sé porque, pero tu contacto se me antoja asqueroso. El simple hecho de que me mantengas abrazada me producen nauseas. Me zafo violentamente de ti y me siento en el borde de la cama, nerviosa. Suspiro. No hay noche en que no sueñe con tu muerte y disfrute viéndola.

Dicen que los sueños son los deseos reprimidos. Puede que desee verte muerto.
Entonces será por eso por lo que todas las noches tengo las mismas cavilaciones.

No deberías quitarme el sueño. No debería perder tanto tiempo por ti, pero desde que sospecho que me estás siendo infiel, no logro dormir en condiciones.
entre tus ronquidos y estos sueños no hay quien duerma.

Te dirijo una mirada de profunda repulsión. No sé como aún te soporto.

Me levanto con cuidado, aún sabiendo que no te vas a despertar, y camino hacia a cocina, con tranquilidad. Voy directa al cajón de los cuchillos y cojo uno, el que más me gusta, fino y largo, con una hoja capaz de cortar cualquier objeto en dos, incluida tu cabeza. Lo observo detenidamente, acariciando el filo, con un cariño que jamás utilizo contigo, y me veo reflejada en su acero. La verdad es que tengo cara de psicópata asesina. Y más con estas ojeras.

Vuelvo hacia la habitación con el cuchillo en la mano y me siento en tu lado de la cama, muy cerca tuyo.
Con una suavidad meticulosa recorro con el cuchillo tu anatomía. Tu cuello, tu pecho, tu vientre, tus caderas, tus piernas, como escogiendo el mejor sitio para clavártelo...

Y tú, ajeno a lo que yo hago, sigues durmiendo a pierna suelta, roncando tanto que los cimientos de la casa retumban, soñando como un angelito, sin saber que todas las noches juego con tu vida, y que la espada de Damocles se cierne sobre ti, pendiente de mi mano.

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