"En un mundo lleno de odio debemos atrevernos a la esperanza. En un mundo lleno de ira debemos atrevernos a confortar. En un mundo lleno de desesperación aún tenemos que atrevernos a Soñar. Y en un mundo lleno de desconfianza debemos atrevernos a creer..."

viernes, 11 de diciembre de 2009

Sol

Sol

El sol hoy le saludaba de una forma diferente. Le acariciaba suavemente el rostro y besaba sus párpados con cariño. Ella sonreía en sueños sintiendo la calidez de aquellos rayos que la abrazaban tiernamente. Soñaba con su amante, aquel que todas las mañanas se colaba por su ventana y la amaba como ningún ser humano le había amado. Él era el único que le hacía sentir viva, que le hablaba con la dulzura que se merecía, que le comprendía y le escuchaba. Era el único que le quería y siempre le decía lo que deseaba oír.

El resto de las personas de su vida no la veían más que como un despojo. Para esas personas, ella era una diana en la que clavar dolorosas flechas llenas de veneno. Dolía ser el blanco de todas las iras. Dolía saber que a nadie le importaba su integridad física y psicológica.

Se levantaba con la sensación de estar muerta. Preparaba su desayuno de forma autómata, sin saber exactamente lo que estaba haciendo, porque no le importaba en absoluto. Le daba de comer a sus peces, sin siquiera fijarse en lo bonitos que eran. Trabajaba hasta tarde en un trabajo que no le gustaba y no sabía porqué había elegido.

Y la vida parecía olvidarse de ella.

Cuando creía tener a alguien con quien compartir sus penas y sus alegrías (casi inexistentes), sucedía algo que le hacía retroceder y perdía toda confianza con el mundo. Dolía tanto...

Su familia creía seriamente que tenía un problema mental. Decían que de cualquier problema hacía un mundo, pero ellos no vivían su vida, no sabían a lo que se tenía que enfrentar cada día.


Pero cuando parecía que todo iba a acabar para ella, cuando pensaba que ya no podía soportar más el dolor que torturaba a su alma... Entonces aparecía él. Él. Con su deslumbrante rostro. Con su eterna sonrisa. Con su cálido abrazo. Con su corazón de oro.
Se sentaba a su lado en la cama y le acariciaba el cabello, infundiéndole el valor para seguir adelante, limpiando las heridas de su alma. Le besaba los párpados y le secaba con su calor las lágrimas.

Entonces abrió los ojos y le miró. Sus ojos eran dorados y la expresión en ellos denotaba decisión. Su decisión. Hacía mucho que la había tomado, pero no se atrevía a llevarla a cabo. Pero cuando se vio reflejada en aquellos ojos de sol supo que tenía que hacerlo.

 Hazlo – susurró la voz de su amado – sabes que alguien tiene que hacerlo, ¿quién mejor que tú, que tienes motivos?

Tenía razón.

Cerró de nuevo los ojos y dejó a su mente divagar con libertad... Se dejó caer en un placentero sueño en el que, una vez más, su amante volvía a visitarla y le hablaba del amor idílico que solo podía sentir en su imaginación.

Cuando despertó eran las tres de la tarde, pero no le importó. Ya nada le importaba. Había decidido que el tiempo no merecía la pena, que era un quebradero de cabeza inútil.
Se levantó con decisión y fue directa al tocador. Abrió el último cajón. Allí estaba la pistola. Lo que no sabía es como había llegado hasta allí. Pero no lo pensó demasiado, no importaba. Debajo de la pistola había un trozo de papel escrito. Sólo nombres impresos en él.

Y salió de su casa dejando la puerta abierta tras de sí. Con un solo objetivo en su mente. Matar.
Era necesario. Se lo había dicho el Sol.

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