"En un mundo lleno de odio debemos atrevernos a la esperanza. En un mundo lleno de ira debemos atrevernos a confortar. En un mundo lleno de desesperación aún tenemos que atrevernos a Soñar. Y en un mundo lleno de desconfianza debemos atrevernos a creer..."

martes, 1 de diciembre de 2009

Batalla final


Batalla final

Lo había estado persiguiendo tanto tiempo que ya había perdido la cuenta de las horas que llevaba tras él.
Las órdenes que había recibido eran indiscutibles y no podía ni iba a saltárselas a la ligera. “Atrápalo, te cueste lo que te cueste” – resonó una voz femenina en su mente – “No escatimes en gastos, no pares de perseguirlo hasta que lo encuentres y cuando lo hagas, tráemelo, yo sabré que hacer con él”.

Y eso es lo que haría, atraparlo y llevárselo a ella, en sus planes no entraba fallar la misión, de ninguna manera, sabía muy bien el castigo que le esperaba si lo hacía.

El objetivo ahora se escondía en el frondoso bosque que se cernía ante él. Una buena jugada. Sabía por experiencia que el fugitivo era un enemigo a tener en cuenta cuando los árboles lo rodeaban, ya se lo había mostrado en más de una ocasión. Tenía una habilidad innata para pasar desapercibido entre la maleza.

Pero esta vez no se dejaría engañar, esta vez sería él el que saliera victorioso de la contienda. Se mantuvo agazapado entre los límites del bosque y la llanura, escudriñando la verdosa oscuridad. No iba a ser fácil pues la luz del sol apenas iluminaba el húmedo paraje, lo que hacía que su presa tuviera más sitios donde esconderse.

Desenvainó su espada, dispuesto a salir de caza, y desplegó al máximo sus sentidos, al tiempo que se internaba en lo desconocido

La temperatura cambió drásticamente y el calor y la humedad se le pegaron a la piel, haciendo que bajara la guardia, cerrando los ojos para evitar el mareo.

Avanzó unos metros dejando que la espesura lo absorbiera y se le echara encima. Sólo necesitó unos segundos para que su cuerpo se acostumbrara al clima del bosque. Respiró hondo.
Sorteando como un gato la maleza, iba avanzando, atento a todos los sonidos del paraje, clasificándolos, desechando los que no le valían, escuchando con más detenimiento los que consideraba interesantes.

Paró en seco frente a un gran árbol cuyo tronco era el más grueso de todos los árboles que él hubiera visto. Lo estudió con su infinita mirada y pensó que era el sitio ideal para esperar.

Clavó su espada en el césped que rodeaba al inmenso árbol y se sentó al lado de ella, camuflado entre las enormes raíces de aquel milenario gigante. Cerró los ojos, concentrándose en los sonidos y olores y permaneció inmóvil.

No se oía nada, el bosque callaba por completo. Los animales parecían haber desaparecido y la brisa que antes mecía las hojas ahora se había disipado.
Parecía que el gran pulmón verde sabía que en su interior había algo que no debía vivir. Por eso, el bosque permanecía en silencio, a la espera, como el cazador.

Sabía que tarde o temprano la presa iría al cazador y más sabiendo de lo que se trataba. Supo desde el mismo momento en el que le miró a los ojos, los ojos más extraños con los que se había topado, que si el cazador no cazaba a la presa, la presa atraparía al cazador. Tenía la certeza de que intentaría matarlo, sólo tenía que esperar.

Y esperó durante horas, escuchando un silencio sepulcral, respirando con pausa, pendiente de cualquier anomalía. Por fin, su paciencia dio frutos.
Cuando sus ojos volvieron a abrirse, sus miradas se encontraron. Sus orbes amarillos, sin pupilas, lo escudriñaban desde una distancia prudencial. Ladeaba la cabeza con rapidez, con nerviosismo. Su cuerpo era humano, pero no se mantenía erguido sobre sus dos piernas. Se encontraba acuclillado, ligeramente inclinado hacia delante y sus manos, semejantes a unas garras, rasguñaban ansiosas la tierra bajo ellas. Su pecho se agitaba con rapidez, como si le costara respirar y su respiración era ruidosa e irregular. Su cuerpo en tensión desprendía halos de oscuridad que revoloteaban a su alrededor, dándole un aspecto demoníaco.

-“No cabe duda” – pensó el cazador – “Esto es un demonio, dispuesto a destrozarme las entrañas”.
Se levantó con calma y parsimonia, sin romper el contacto visual con la criatura. Su mano derecha empuñó la espada y, cuando lo hizo, pudo escuchar el sonido gutural que la bestia ante el produjo, le estaba gruñendo.

Y cuando a ese gruñido le acompañó la macabra y hambrienta sonrisa que se extendió por el rostro de aquel ser, cayó en la cuenta de que el tiempo había terminado y la hora había llegado.

Con una agilidad inhumana el cazador se abalanzó contra su víctima, enarbolando con maestría su espada, convencido que sólo uno de los dos saldría con vida de aquel bosque y, por supuesto, sería él…

La presa hizo otro tanto, trotando y moviéndose a una velocidad pasmosa hacia su objetivo, con las garras por delante, para destrozar todo lo que se cruzara en su camino…

El encontronazo sería brutal y tal vez mortal para uno de los dos. La batalla no duraría mucho, todo residía en quién daría el primer golpe.
Los contrincantes seguían avanzando, dispuestos a matarse… Cada vez estaban más cerca…

El cazador saltó hacia su víctima profiriendo un aterrador grito de guerra. Cargó su arma hacia atrás…

La presa se abalanzó furiosa hacia su víctima siseando de rabia. Preparó sus garras para matar…

Chocaron en el aire en un estruendoso golpe… Los dos cayeron desde las alturas.

- ¡Marcos! – Se oyó la voz de su madre en el comedor - ¡Marcos, cariño tienes la comida en la mesa! ¡Son espaguetis!

El niño sostenía dos figuras en el aire. Una con ojos amarillos y garras en vez de manos, la otras enarbolaba entre sus manos una espada de samurai.
- Mmm… Espaguetis – Marcos dejó caer los muñecos al suelo, ya terminaría la batalla en otra ocasión, ahora los espaguetis lo esperaban en la mesa, listos para ser engullidos.

Cristina
2/09/2008

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